LA PRIMERA EN LA INGLE...
Como comienzo medianamente serio del blogger transcribo un artículo de Tomás Cuesta en La Razón aparecido a fecha 4 de abril de 2005. Siendo sincero (y que me perdonen aquellos apóstoles del antisubjuntivo) es la primera vez que leo algo del tipo este, y que me lijen el pellejo con piedra pómez si no lo leí con regocijo. Ahí va pues, la primera en la ingle...
¿A que no hay huevos?
por: Tomás CUESTA
El azar, que es una especie de diosecillo revoltoso para los no creyentes, hizo coincidir el partido de nuestros muchachitos contra los muchachotes de Serbia-Montenegro con una jornada gastronómica dedicada al arte de freir huevos, que ya es casualidad, o quizá no, depende. Ya lo decía Pau Donés, todo depende. El huevo frito es un milagro del arte culinario, una mezcla perfecta de rotundidad y sencillez, como cualquier obra maestra. En sentido contrario, habría sido un milagro que, por una triste vez y sin que tuviera que servir de precedente, el combinado español (cuando los locutores profieren eso de combinado, uno se imagina a Luis disfrazado de barman y agitando a los chicos en una coctelera), el combinado español, prosigo, le echase un par de huevos. Fritos, pasados por agua, pochés o incluso crudos, como se hacía en la posguerra. Pero nada, oiga usted, que no hay manera. Frito se queda uno en el sillón viendo jugar a esos mastuerzos que corretean por el campo, en expresión de Rubalcaba, tal que si fueran pollos sin cabeza. Y los pollos, descabezados o no, no ponen huevos. Y si acaso algún día los pusieran, por uno de esos intríngulis de la manipulación genética, sería para hacerlos estrellados, ya que lo de estrellarnos sí que es algo genuinamente nuestro. Al paso que vamos, –que es de Semana Santa, más o menos–, el Mundial nos lo zampamos con patatas, que a eso, a pelar patatas, como se hacía otrora en los cuarteles, es a lo que debería dedicarse esta pandilla de millonarios tuercebotas a los que no se le subirían los colores ni aunque les mientes a la parentela. La otra noche, en Belgrado, no había más huevos que los del marcador. Dos, concretamente: 0-0 (y capados, por cierto). –No sé si sabes que no tenemos huevos, me espetó mi mujer reprimiendo un bostezo. –Justamente, querida, estaba cavilando acerca de ello. Y aún diría más: la falta de atributos es una demostración de que esta España se nos desintegra. ¿Te has dado cuenta, por ejemplo, de que somos el único país de nuestro entorno en el que al «equipo nacional» se le denomina «selección» a se- cas? Supongo que es un problema de corrección política y de no herir susceptibilidades periféricas, pero su vaciedad produce vértigo. El equipo nacional es algo más que una simple selección de los mejores, es una exaltación de lo común, un recipiente del orgullo, un pegamento de la convivencia. –Venga, no te enrolles, que pareces un politicastro en vía muerta. ¿Por qué no te espabilas y bajas un momento al Seven Eleven? –Sí, hombre. Como si el patriotismo lo vendieran en un «pack» en el Seven Eleven. –Pero ¿qué tonterías dices? Te repito que no tenemos huevos. –Naturalmente. –No hay huevos porque no has ido a comprarlos, so mastuerzo. –¿España se juega su futuro en los Balcanes y tú me sales con ésas? ¿No has reparado en que esta vez en lugar de hacer el ridículo en el Mundial, como lo hacemos siempre, lo podemos hacer ya en la fase previa? ¿No te das cuenta del desdoro que supone? ¿No te produce, monstruo de insensibilidad, la misma sensación de vergüenza insuperable que ver, como hemos visto, al presidente del Gobierno llevando del bracete a un gorila caribeño? Definitivamente, este país de todos los demonios (el calificativo, que lo sepas, es de Jaime Gil de Biedma), ya no tiene remedio. –Lo que no va a tener remedio es lo de los huevos. Y si no hay huevos, no hay tortilla, y si no hay tortilla, no hay cena. –¿Y por qué no bajas tú a por provisiones, visto que el partido te la pela? –Porque estoy esperando a que saquen a Raúl, que es el único capaz de arreglar esto. –Tienes la mente más en blanco que el pobre Zapatero. Raúl es ya un juguete roto al que no deberían alinearlo ni en la Play-Station. –Tú lo que eres es un tocahuevos. –No te digo que no, pero, tal y como está el patio, me veo padeciendo el síndrome de abstinencia.

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